domingo, 18 de mayo de 2008

El dibujante renegado

EL PAIS Suplemento literario BABELIA
REPORTAJE: IDA Y VUELTA
Antonio Muñoz Molina 17/05/2008

Con qué rapidez la innovación se calcifica en ortodoxia; el estilo en parodia; la originalidad en manual de recetas. En los años cuarenta la pintura abstracta americana era una afirmación de libertad, un salto en el vacío: dos décadas más tarde era una convención universal, banalizada en despachos de bancos y murales de aeropuertos, sacralizada en los libros de Historia del Arte. El esplendor de lo nuevo se convierte insensiblemente en el tedio santificado de lo obligatorio. Por falta de inspiración o por complacencia en el halago o por simple rutina el artista se acomoda en los rasgos de su estilo y legitima con su firma imitaciones que no serán nunca descubiertas porque las ha fabricado él mismo. Qué pocos autores tienen el don de persistir con integridad en la exploración de lo casi invariable haciéndolo siempre gradualmente nuevo: pienso en Morandi, en Thelonious Monk, en Mondrian, en Mark Rothko, en Robert Frost. Otros parece que huyen, inquietos con lo que han logrado, inseguros del valor de lo ya hecho, especialmente lo que los demás celebran, impacientes por romper la baraja y comenzar de nuevo, por desorientar a los seguidores más fieles, de los que depende no sólo su buen nombre sino también muchas veces su forma de vida, porque son ellos los que compran los cuadros o los libros, los discos, las entradas de los conciertos. Gracias a una exposición de sus dibujos que hay ahora mismo en la Morgan Library puede descubrirse que el pintor Philip Guston fue uno de esos grandes fugitivos.
En 1966, a los 53 años, a Philip Guston le dedicaron una de esas exposiciones retrospectivas que tienen algo de canonización en vida

Tan sólo cuatro años después, de la noche a la mañana se convirtió en un apestado. El héroe era un traidor; el genio obstinado y solitario, un farsante
Los fieles son los guardianes de la ortodoxia, los que menos perdonan su ruptura; pueden sentirse en el derecho a excomulgar al fundador apóstata: a Stravinski o a Picasso, que después de trastornar para siempre la música y la pintura fingieron volverse neoclásicos; a Bob Dylan cuando introdujo en sus canciones el sonido de las guitarras eléctricas; a Philip Guston cuando después de una sólida carrera de pintor abstracto empezó a llenar sus lienzos y sus cuadernos de dibujo de figuras grotescas o joviales, de monigotes de cómic, de los objetos comunes tanto tiempo proscritos, zapatos, escaleras, árboles, libros, edificios, pilas rojas de cerezas, relojes, encapuchados, caricaturas políticas, sandwiches, botellas, platos humeantes de espaguetis. En 1966, a los cincuenta y tres años, a Guston le dedicaron en el Museo Judío de Nueva York una de esas exposiciones retrospectivas que tienen algo de canonización en vida, y que pueden ser tan letales como los honores oficiales hispánicos que le permiten a un escritor embalsamarse cada vez más hinchado en el licor oleoso y cabezón de su vanidad. A Guston aquel anticipo de la gloria le provocó el efecto contrario: cada vez se fiaba menos de lo que había estado haciendo hasta entonces; sentía la necesidad de limpiar la mesa de un manotazo; de olvidar lo que sabía; de quedarse a solas con los ojos muy abiertos delante de una hoja en blanco y de los objetos que rodeaban su vida y que durante muchos años no había querido pintar ni dibujar. Lo que quería ahora, dijo, era mirar como un hombre de las cavernas que por primera vez en el mundo dibuja un animal. Sobre una hoja de papel dibujaba con un solo trazo de tinta una línea curvada y diagonal que eran una ola rompiendo; una sola incisión de lápiz, casi en el centro de la hoja, en la parte superior, creaba en torno suyo la emoción del espacio, como un pequeño guijarro arrojado al agua. Qué ocurriría, escribió, si lo eliminaba todo excepto el sentimiento crudo y el pincel y la tinta, los medios más simples.

Lo que ocurrió fue que tan sólo cuatro años después, cuando mostró sus pinturas y dibujos recientes en la galería Marlborough, de la noche a la mañana se convirtió en un apestado. El héroe ahora era un traidor; el genio obstinado y solitario, un farsante vendido a la frivolidad comercial del arte pop. A los cincuenta y tres años pertenecía al panteón de la gran pintura americana, junto a los más grandes de todos, Pollock, Kline, Rothko: a los cincuenta y siete los críticos se cebaron en él con esa gallardía que algunos incorruptibles se reservan para humillar al débil y patear al caído. Sólo otro pintor se acercó públicamente a él para darle un abrazo y reconocerle el derecho soberano a pintar como le diera la gana: su amigo De Kooning, que había padecido años atrás iras semejantes de los entendidos, cuando en sus cuadros abstractos empezaron a insinuarse censurablemente caras y figuras de mujeres. A Guston la unanimidad de los elogios lo había inquietado: ante la saña del ataque se fortaleció su rebeldía. Se marchó un tiempo a Europa, a su querida Italia. Dejó Nueva York para instalarse en una granja en el campo, no lejos de la que ocupaba otro renegado, Philip Roth, quien asegura que compartía con Guston su devoción por la vulgaridad ofensiva, por la American Junk, que era el antídoto contra lo demasiado literario o lo demasiado artístico, lo domesticado, lo de antemano prestigioso.

Como un puritano que sucumbe jovialmente a la tentación, como el que se harta de comer y beber después de una dieta punitiva, Guston se resarció de veinte años de disciplina abstracta e imposible pureza celebrando las formas visibles, lo inmediato, lo transitorio, lo carnal. Las líneas dubitativas de sus primeros dibujos como hombres de las cavernas se complicaron sin perder su maestría para atrapar el deleite sensorial de las cosas y atreverse a la carcajada o al garabato del sarcasmo. Dibujaba lo que veía, lo que le gustaba, lo que le daba pánico, lo que despertaba su ira de antiguo radical de los años de la Depresión enfrentado ahora a la brutalidad de Vietnam y a la grosería del racismo, a los delirios torvos del presidente Nixon. No tenía mucho tiempo. Entre su excomunión y su muerte sólo le quedaron diez años.

En el sosiego de la Morgan Library puede verse ahora una parte del trabajo incesante al que dedicó Philip Guston el final de su vida, liberado de la gloria y de la respetabilidad, expulsado de los santorales de la vanguardia, obsesionado por las hojas de los calendarios y por los relojes que aparecían una y otra vez en sus dibujos, teñidos ahora por la influencia de Robert Crumb y de Krazy Kat, pero también dotados, cuando a él le daba la gana, de una maestría infalible como de caligrafías japonesas: líneas que forman el humo de un cigarrillo, una tela de araña, el entramado de negruras de un cenicero lleno de colillas, la opulencia de un racimo de cerezas o de un sandwich de pastrami con pan de centeno, la rotundidad de una bota que parece pintada para el escaparate de un zapatero remendón, la solidez de un libro leído muchas veces, el capuchón ominoso de un tarado del Ku Klux Klan. Cuando sintiera que iba a morirse, a los sesenta y siete años, Philip Guston pensaría con tristeza en todas las cosas vulgares que ya no volvería a ver, en las hojas que se quedarían en blanco en sus cuadernos de dibujo. -

La exposición Philip Guston. Works on paper está abierta en la Morgan Library de Nueva York hasta el 31 de agosto. http://www.morganlibrary.org/

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